Oscuridad desalentadora

Paradojas de la vida: Apuntarse a un curso de literatura infantil y juvenil para acabar escribiendo el siguiente relato. Al final me paso a la literatura para adultos, lo veo venir. Espero que os guste, pero no es apto para días tristes, melancólicos o de angustia existencial:

Mis sentidos se hallan paralizados por el temor; soy incapaz de divisar nada salvo un leve haz de luz furtivo que se deja caer por una pequeña grieta enferma por el paso de los años.

Pero, tras un instante, esa esperanza luminosa se desvanece. Decido, sin remedio, andar a tientas hasta que otro rayo me permite ver, no sin dificultad, lo que hay a mi alrededor.

Ahora contemplo atónito una enorme hendidura excavada en la roca sobre la que reposan los cadáveres devorados de unos infelices roedores; éstos despiden un olor indescriptible que me termina por llevar a la náusea.

No, no podré soportar más tiempo así bañado en mi propio vómito e inundado por la angustia continua de pensar que nunca más saldré de este lugar infecto, hediondo e impracticable.

No, no sé cómo he podido llegar hasta aquí, pero lo cierto es que quiero salir cuanto antes. Grito sin cesar hasta desgañitarme, aunque cualquier esfuerzo es en vano y, mi único compañero, el miedo cada vez va in crescendo.

La opaca oscuridad de pavor, de inmundicia y desaliento va recorriendo mis entrañas. No, no puedo seguir en esta situación, no quiero convertirme en una criatura de la sombra o en una presa fácil para los depredadores.
Me repito sin cesar que soy fuerte, que esa gruta no va a poder conmigo y vuelvo a emitir unos enormes alaridos intermitentes. Confiaba en que en esta ocasión alguien se percataría de mi presencia pero no, la oscuridad desalentadora se encarga de apresarme sin piedad.

Imploro a los dioses, les pido su auxilio mientras recuerdo a mis padres, a mis amigos y a todos aquellos que han formado parte de mi vida; seguro que están muy preocupados por mí, seguro que me están buscando en los cuatro puntos cardinales ¡Ay! ¡Ojalá su intuición les conduzca a esta gruta! ¡Ojalá todavía me quede un leve aliento de vida para poder salir! Y es que por segundos se apagan mis constantes vitales.

Me estoy volviendo loco, no entiendo nada, nada, no sé cómo he podido acabar en esta tumba abierta, no sé, si yo, siempre, he sido… Mis pensamientos discurren atropellados, mis palabras carecen de todo sentido y, sí, creo que voy a terminar loco si nadie me saca de aquí.

Siento que mi ser se diluye tan rápido como resuenan en mi mente los ecos en forma de versos del poema de un famoso escritor barroco: “En tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada, en nada, en nada…” ¡Nada! ¡No queda nada! ¡Nada! ¡Todo es nada! ¡La nada!

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