Lorian, el cuidador del museo

Aquí os dejo otro relato que se ha vuelto a alejar de la senda de la literatura infantil y juvenil. Aviso a lectores: no es apto para personas en estado de tedio, nostalgia o melancolía. Disfrutadlo 🙂

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El cuidador del museo acudió a la cita, apresurado. No había tenido tiempo de arreglarse para la ocasión, pero aquello no era lo más importante, sospechaba que si no acudía en el momento exacto todo podría cambiar y su destino dependía de ello.

Ya por la mañana se había levantado con una extraña sensación. Cuando se miró en el espejo no se reconoció. Algo en él había cambiado, no sabría decir qué. Saludó a su mujer, que parecía no notar nada. Hacía tiempo que sus palabras habían terminado.

Miró el reloj y aceleró el paso. Ya eran casi las diez. El tiempo parecía acortarse mientras que el camino era cada vez más largo, la ecuación espacio-tiempo se había roto, igual que su corazón. Cuando cruzó el umbral el reloj de la catedral daba la última campanada. Respiró aliviado. Suspiró….. Sí, a pesar de todo lo había logrado. Allí estaba puntual en el Bar del Olvido, un paraje nauseabundo que respiraba pensamientos agrios, taciturnos y hastiados de vivir.

El dueño, una silueta enjuta y apenas imperceptible, se pasaba las horas agazapado junto a la barra, como si de un león hambriento se tratara, esperando a sus presas para darles el veneno de la felicidad momentánea; aquella noche, no había muchas: dos, sólo dos, que mantenían una conversación profunda sobre el Madrid– Barça de la jornada anterior.

Lorian no cruzó palabra alguna con ninguno y ellos tampoco fueron capaces de dirigirle un simple hola de cortesía, así que se quedó callado en una esquina a la espera de su visita especial. Dieron las doce, la una, las dos, las tres y, por primera vez desde que llegó a aquel agujero, una voz de ultratumba le informó de que debía marcharse, pues había llegado la hora de cerrar.

Las dos presas salieron juntas y ni siquiera se despidieron; tomaron direcciones opuestas y se fundieron con el ambiente.

El cuidador del museo se resignó y no le quedó más remedio que marcharse también ¡No podía creer que aquella persona misteriosa, la fuente de su necesaria mejora, no hubiera hecho acto de presencia! ¡No, no podía ser pero… fue!

Fuera, el panorama era todavía más espantoso que en el interior: una neblina de mil demonios había cubierto la ciudad de Madrid. A pesar de todo, Lorian no perdía la esperanza de encontrarse de una manera fortuita con su salvación. Caminó en dirección a casa, como un fantasma, con leves pasos envenenados por recuerdos amargos, sueños rotos y deseos malogrados: estudió Bellas Artes para terminar como un mero vigilante de sala; se casó con Claire porque era su amiga de siempre y, al final, se cogieron cariño pero, jamás, estuvo enamorado de ella; la pareja decidió tener hijos porque todos sus amigos había sido padres y, fruto de una noche de sucedáneo de amor, nacieron los trillizos Joel, Jim y Joss.

Su vida había sido una auténtica farsa sinsentido, pero jamás tuvo el coraje de cambiarla hasta ese día. ¡Ay, ese día! ¡Esa extraña noche!

El silencio, de pronto, quedó sesgado por una voz ensordecedora, que repetía de forma intermitente su nombre: ¡Lorian! ¡Lorian! ¡Lorian! Y éste no tardó en preguntar con un hilo de voz: ¿Quién eres? ¿Qué vienes a buscar aquí? ¿Qué quieres de mí? Déjame, por favor, no me hagas daño. Si vienes a robarme, llévate todo lo que te plazca, pero déjame; soy un pobre cuidador de museo y mi mujer y mis hijos me necesitan, por favor, por favor, por…

La voz enigmática interrumpió sus palabras para empezar su intervención: ¿A qué viene tanta explicación? Yo te conozco mucho más de lo que quisieras. Podías haberte ahorrado esa palabrería vana. Lo sé todo de ti desde que naciste o incluso antes y que hoy habías salido del museo con la esperanza de cambiar tu destino para siempre, pero ¡Oh no! ¡Los astros se han confabulado en tu contra para que tu cita nunca apareciera! ¡No! ¡No apareció! ¿Y ahora? ¿Qué harás? ¿Seguirás desarrollando el mismo papel mediocre como acostumbras? ¡Mediocre! ¡Eres mediocre, Lorian! ¡Un mediocre! ¡Una mediocridad de espanto!

—Por favor, pare, no aguanto más sus atronadoras palabras; si sigue por esa senda, me hará enloquecer. Déjeme, me está asustando, de verdad, no me haga daño, déjeme. Sólo quiero volver con mi familia.

—Claro, claro, justo ahora, quieres ir con esos a los que jamás has querido de verdad pero ¿por qué? ¿De qué te serviría? Y, ¿de qué les valdrá a ellos? ¿Por qué no tienes el valor de tirar por la borda tu inútil pantomima? Quizá te haya servido con esas pobres criaturas infelices venidas a menos pero conmigo es distinto, muy distinto. Yo estoy por encima de eso ¿sabes? Tú no me conoces, o bueno, sí, has hablado de mí en alguna ocasión, aunque pronto me has olvidado ¡pobre infeliz! Olvidarme a mí…

—No, no, no… no siga, por favor; seguro que se ha equivocado… no tengo dinero… soy un pobre hombre… por favor, no, no, no… —Lorian, inundado por el pánico no era capaz de ordenar sus pensamientos que navegaban atropellados por los senderos más recónditos de su alma.

—Por mucho que implores, voy a seguir, así que calla ya ¿Me has oído? ¡Ya! ¡Bien! ¡Parece que lo he conseguido! Continúo, pues. Siempre te he seguido muy de cerca, por ejemplo, cuando casi falleces en el incendio del museo hace una década o cuando te adentraste tanto en el mar que estuviste a punto de morir ahogado en tus pensamientos; allí estuve tentado de hacer de las mías y llevarte conmigo pero, al final, conté hasta diez, me detuve y te concedí otra serie de oportunidades, aunque ha sido en vano; no has valorado nada de lo que te rodea y vas a peor: vives o finges vivir, te mueves por instintos inertes y todo te resulta nimio. ¿Por qué? Por nada, ínfimo cuidador de nada ¿Qué vas a custodiar si ni si quiera eres capaz de salvaguardar tu alma ni la de los tuyos? ¿Cuál es la lógica de tu presencia en este mundo? Dime, ¿cuál es esa lógica ilógica?

—De verdad, ya he tenido bastante, ya he aprendido la lección; quiero cambiar, sí, cambiaré. Dejaré a Claire, aunque se le parta el corazón en miles de pedazos imposibles de reconstruir; intentaré querer a mis hijos, lo prometo y buscaré otro trabajo que me haga sentirme mejor, pero déjame, te lo imploro, déjame. Además, ¿por qué no alcanzo a ver tu rostro? ¿Por qué te escondes entre la niebla?

—Ya es tarde, ya es demasiado tarde, la decisión está tomada. ¿Mi rostro? Ja, ja ja, ja ¿quieres verlo? ¿Verdaderamente lo deseas? Yo que tú me lo pensaba un poco o bueno, vamos allá; tuviste demasiado tiempo para mejorar y no lo has hecho, así que…

Y, cuando el siniestro personaje se giró en dirección a la única farola furtiva que quedaba iluminada, entonces el cuidador se apagó para siempre al contemplar en aquel su propio rostro. La muerte, su anfitriona aquella noche y compañera infatigable durante sus cuarenta inviernos ruinosos, le sobrevino por sorpresa y, desde luego, cambió su destino para siempre, vaya que si lo cambió ¿Motivo? ¿Culpa? Terminar con una vida de tedio absoluto que no conducía a ninguna parte más que a un sufrimiento impracticable, a una abulia existencial imposible, a un nihilismo radical a nada, a nada, a nada.

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