María y Luis

Estoy en un aparcamiento de Plaza de España cuando le digo a mi marido que no quiero seguir casada con él y, en escasas milésimas de segundo, justo antes de su respuesta, empiezo a montarme mi particular película mental; pienso que Luis me pedirá por activa y por pasiva que continuemos juntos; pienso que me repetirá hasta la saciedad, con gestos nerviosos y palabras descompasadas, que no me deje llevar por meros arrebatos carentes de sentido; pienso que me suplicará que recapacite, pues juntos estamos en este barco y juntos debemos mantenerlo a flote. Pero, ¿cómo se puede evitar que naufrague un matrimonio que navega a la deriva durante más de una década?

Sí, no tengo ni la más mínima duda acerca de la inminente respuesta de mi marido. Sí, seguro que va a decirme: “María, sigo enamorado de ti, no quiero que te marches de mi lado, eres la mujer de mi vida”. Sí, seguro que expresa todo eso mientras lucha por impedir que se le escapen algunas lágrimas furtivas.

Y yo, ¿qué podré hacer ante un drama de semejantes características? ¿Yo? Pues nada, permanecer firme e impasible como si la cosa no fuera conmigo, porque la decisión ya está tomada. Mira que me está costando poner este punto y aparte a mi vida, pero es que no lo soporto ni un segundo más. Me he convertido en una pobre infeliz, que camina sin voluntad y que solo tiene por compañeros de viaje al tedio y a la desesperación. Y no, ya me he cansado de seguir así.

Sí, parece que se acerca la hora en la que voy a saborear la verdadera felicidad; sí, ya llega ese preciado instante en el que María Hernández va a encontrar el camino de baldosas amarillas hacia su particular Mundo de Oz. Estoy harta, harta de mi pasado, harta de haber sido la sirvienta de mi marido y de mis hijos. ¡Menudos son nuestros retoños! Cuando me han necesitado, han exprimido cada resquicio de mi ser ¿y ahora? Ahora me han abandonado como a una sucia colilla apestosa. Claro, con sus carreras meteóricas ya tienen suficiente y su papi del alma, pues tres cuartos de lo mismo: él, su fortuna, su golf, sus amigos y llevarme muy de vez en cuando de compras, constituyen su universo. Antes, al menos, me regalaba flores y centenares de sonrisas, pero de eso ha pasado muchísimo tiempo. Ay, ¡cuánto echo de menos esos detalles! Ay, ¡cuánto echo de menos aquellos tiempos!

De repente, vuelvo a la realidad, pues Luis se dirige a mí con una insistente llamada de atención. Claro, ha llegado su turno, el turno de pedirme que siga con él a pesar del deterioro de nuestro matrimonio. Yo no reacciono a la primera, prefiero continuar en mi pequeño mundo de ensoñaciones, pero él insiste “¡María!, ¡María!, ¿me oyes?” No me queda más remedio que atender a su reclamo, que tiene toda la pinta de extenderse un rato largo, pues cuando Luis habla es que habla de verdad.

Entonces, no sé por qué extraño motivo, soy incapaz de mirarle a los ojos y, por eso, prefiero fijar mi atención en el segundero de mi reloj; paso del tema hasta que pronuncia “me parece fantástico; es lo mejor para los dos; yo tampoco quiero seguir casado contigo, ya no estoy enamorado”. Y, acto seguido, me siento como en el borde de un precipicio, a punto de entrar en colapso, ya que jamás habría imaginado, ni por un instante, que mi todavía marido me respondiera de tal forma; no, yo esperaba su súplica infinita y su cúmulo de lágrimas furtivas, pero no, está pletórico, tranquilo y sosegado, en paz. Y no, eso no puede ser, no, no, no…

Luis ahora me pide que tome la palabra, pero no puedo hacerlo; parece que mis sentidos se paralizan, que mi cuerpo ya no me pertenece y que mi alma lucha también por escapar de su prisión. No, no sé qué me sucede; no, no me reconozco en absoluto. Y, de inmediato, deambula por mi mente un manojo de pensamientos desordenados: Luis, María, matrimonio, hijos, felicidad, tedio, amigos, desesperación, baldosas amarillas…Y me empiezo a asustar, me asusto muchísimo, me asusto de veras. Pero, ¿qué me pasa?, ¿por qué no me siento liberada?, ¿por qué no soy capaz de ser feliz?, ¿por qué me estoy volviendo como el perro del hortelano que ni come ni deja comer?, ¿por qué soy incapaz de aceptar su reacción? ¿Acaso no era eso lo que deseaba con todas mis fuerzas? ¿Acaso no he provocado yo esta situación? ¿Acaso es mi orgullo el que me hace reaccionar de esta manera? Pero, ¿por qué estoy así? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Poco a poco, dejo incluso de notar la presencia de mi marido, ya ni siquiera sé si me sigue hablando, si permanece a mi lado o si ha preferido marcharse para comenzar con su nueva vida; no, ya no escucho nada del exterior salvo un leve musitar de sirenas, que cada vez parece más próximo; no, ya no sé nada; no, ya no sé; no, ya no; no, ya… ¡No!

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