La gran cosecha

Era el diecinueve de mayo de 1981 y los habitantes de Cabezuela del Valle se encontraban inmersos en plena recogida de su fruta más preciada: la cereza. Todo estaba dispuesto para la ocasión: temporeros venidos de otros pueblos, medios de transporte que discurrían con paso acelerado y bolsillos vacíos deseosos de llenarse de importantes sumas de dinero, había sido su año; ninguno podía creerse que los implacables e inoportunos aguaceros primaverales les hubieran concedido una tregua semejante.

Así, la gran cosecha era el tema de conversación favorito de los ancianos. Martín, el boticario, no salía de su perplejidad y comentaba que no recordaba un hecho así desde 1945. Pepe, el cartero y alguacil, asentía sin cesar a las afirmaciones de su compañero de batallas y, Luis, el sacristán, permanecía tan asombrado como los otros, incapaz de dejar caer ni una palabra. En verdad era cierto, muy cierto, completamente cierto, lo que decían aquellos venerables hombres, aunque también lo suponía aquel detalle que todos deseaban olvidar y que, Policarpo, el sacerdote, con su característica voz grave y cavernosa, empezó a relatarles en clave de homilía: “Sí, sí, no he hallado ningún elemento de mentira en vuestros comentarios; este 1981 jamás lo olvidaremos, pues se encontrará repleto de bendiciones; el pueblo se enriquecerá, la gente se endiosará y empezará a adorar a otro dios: el dinero; todos se acabarán olvidando del Dios Unigénito y Trino, que trae la salvación del mundo y, antes de que cante el gallo, tendrá lugar un acontecimiento trágico, que enturbiará cualquier resquicio de luz, ¿o acaso vuestra memoria es tan frágil que os sentís incapaces de recordar lo que le sucedió a la pobre de Palmirina Sánchez, la hija de Luis Sánchez, el que fuera el terrateniente más importante del lugar en aquellos tiempos?”

En ese preciso instante, se abrió paso un silencio sepulcral, ninguno de los presentes se atrevía a responder, aunque en sus mentes permanecía intacta la imagen de la muchacha; una imagen que estremecía sus corazones y hacía erizar sus vellos cada vez que era traída al presente; una imagen que no podían dejar aparcada en la cuneta de sus almas por mucho empeño que pusieran; Palmi, como era conocida en Cabezuela, la muchacha de los cabellos de panocha, la tez de melocotón y los ojos de estrellas, apareció asesinada, en la finca de su padre, entre cerezos centenarios y frutos maduros esparcidos por la fértil tierra. Su torso permanecía desnudo, sus brazos estaban dispuestos en cruz y sus piernas se hallaban semienterradas; apenas mostraba signos de violencia excepto unos nimios rasguños en las manos y en el rostro y un rosario de hematomas en el cuello, que abarcaban todas las tonalidades de morado.

De repente, Martín, rompió el incómodo silencio, que se acababa de hacer tras las palabras de Policarpo, y comentó entre dientes: “El corazón, ese corazón, ese corazón…” y los presentes, excepto Poli, se santiguaron tres veces seguidas guiados por el temor y la superstición. Acto seguido, el hombre continuó, ya con un tono de voz un poco más enérgico: “Ay, ese corazón a la altura del suyo; ay, ese corazón con las palabras Tú y yo… Seguro que debe tener un significado oculto, seguro”. De nuevo, los ancianos volvieron a callarse durante unos segundos y luego empezaron a emitir teorías infundadas, pues las causas del asesinato no se habían esclarecido aún. Unos, pensaban que el crimen fue pasional; otros, consideraban que la venganza fue el detonante, el padre de la muchacha era un hombre que se había enriquecido a costa de explotar a sus trabajadores. Y otros, la mayoría, preferían el silencio como respuesta para no atraer, de nuevo, la tragedia; una tragedia que ya se había vuelto a colar en sus vidas para participar también de la cosecha de los frutos carmesíes, aunque ellos permanecieran ajenos.

A unos pocos metros de la finca maldita de los Sánchez, en la cooperativa Alfredo Pérez e Hijos, se encontraba en circunstancias similares a las de Palmirina, el cuerpo inerte de otra joven: era Salobral Pérez, la hija de Alfredo, el hombre más rico de Cabezuela; el hombre que había sabido ganarse, al igual que Luis Sánchez, la enemistad de sus convecinos porque se había llenado los bolsillos a base de prácticas mezquinas.

Soledad. Silencio. Oscuridad. Vacío. Miedo. Pavor. Nada. Nada. Todo es nada. Salobral, la muchacha de los cabellos de zarzamora, la tez de nácar y los ojos oliváceos, pendía desnuda de la viga central del antiguo secadero de tabaco, hoy utilizado para seleccionar y almacenar las cerezas. La joven, a causa del intempestivo viento nocturno que se colaba por los infinitos recovecos de los destartalados ventanales, parecía una marioneta que deambulaba sin rumbo de acá para allá y se golpeaba, sin tregua alguna, en las paredes. Sus ojos, ya a punto de cerrarse, todavía se resistían a abandonar este mundo, quizá con la esperanza puesta en que algún cabezoleño fuera capaz de vislumbrar en ellos la imagen del tipo que acababa de asesinarla; quizá todavía sus pupilas arrojaran un resquicio de luz para esclarecer su muerte y la de Palmirina. Sus labios, abultados por algún golpe certero, simulaban dos grosellas a punto de explotar y por ellos transitaban dos filos de sangre, aún calientes, que morían en su pecho a la altura de su corazón y de otro justo al lado del mismo, que llevaba grabadas las letras Tú y yo, Tú y yo, Tú y yo…

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2 pensamientos en “La gran cosecha

    • Ya, Isa, tienes razón. Lo cierto es que este relato pide una continuación y considero que podría ser un inicio para una novela, pero, en fin, la vida se impone y ahora mismo creo que no tengo todo el tiempo que desearía para que quedara algo interesante. Bueno, quizá algún día… 🙂

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